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El glam y cómo lograrlo

La estructura es la de El ciudadano, la estética recuerda a la de Ken Russell, el punto de partida es Oscar Wilde y la historia recuerda a la de David Bowie y su relación con Iggy Pop. Pero la película de Todd Haynes es mucho más que eso.

Extraña pareja. El cine y el rock siempre mantuvieron una relación de mutua atracción pero, al mismo tiempo, de excesivo respeto. Desde las películas iniciales donde sonaron los primeros acordes del rockabilly, pasando por los megadocumentales de la década del 60 (Woodstock) y los films biográficos donde el protagonista se convertía en mártir después de la previsible "temporada en el infierno" de las drogas (The Doors de Oliver Stone, Sid & Nancy de Alex Cox), la comunión entre cine y rock no ha planteado demasiados interrogantes. Más allá de la importancia de algunas de las películas citadas, el rock en el cine pocas veces superó sus propias descripciones coyunturales o, en todo caso, quedó reducido a la luctuosa idea de que "todo tiempo pasado fue mejor". Existen, eso sí, excelentes documentos de época, como Monterey Pop (1966) y Don't Look Back (1967) de D. A. Pennebaker, sobre el Dylan de mediados de los 60, o The Last Waltz (1978) de Martin Scorsese, el melancólico y emotivo réquiem sobre la despedida de The Band. Pero será The Great Rock 'N' Roll Swindle (1980) de Julien Temple el primer trabajo que se atreverá a transgredir aquellas normas implantadas en los años 60, que postulaban que el rock había nacido como un fenómeno contracultural destinado a combatir las desgracias de este mundo. En ese film, cuando Sid Vicious todavía no se había transformado en el anteúltimo mártir del rock (el último fue Kurt Cobain de Nirvana), el punk dejaba caer sus máscaras a través de una lectura autoparódica. La mirada realista de Temple, que elude la pretensión moralizante de que el rock había nacido para cambiar (o mejorar) el mundo, culmina con el retorno, hace dos años, de Sex Pistols, la banda iconográfica del punk. En la conferencia de prensa donde Johnny Rotten y el resto del grupo anunciaron su vuelta, un periodista le preguntó por los motivos del regreso y el cantante -que debe gozar de una suculenta cuenta bancaria- respondió de inmediato: "Para sacarles la plata a ustedes, estúpidos".

Polvo de estrellas. Velvet Goldmine se sitúa en las antípodas de las películas celebratorias y de los homenajes de ocasión. No se trata únicamente de una ficción sobre la época del glam, ni del retrato de la relación entre los sosías de David Bowie e Iggy Pop, y tampoco pretende rememorar aquellos viejos y buenos tiempos. Todd Haynes era un niño cuando Bowie grabó Ziggy Stardust (1972) y fabricó un personaje -recurriendo al disfraz- para imponer una de las características esenciales del glam. A ese mundo de rimmel, lentejuelas, bisexualidad, exhibicionismo y hedonismo -propuesto desde la figura del artista que no solo está en escena para ser escuchado por su audiencia sino también para ser observado y deseado-, Haynes le imprime una mirada oblicua y de una sutil complejidad.

Hasta Velvet Goldmine, la mayoría de los films rockeros (ficciones y documentales) se contaban desde el candor y la admiración por el artista y su época. Haynes hace lo contrario, ya que la "actualidad" transcurre en los 80 y el lugar que él ocupa como observador de la historia es el del periodista Arthur Stuart, quien tiene la misión de descubrir qué fue de la estrella Brian Slade luego de su fraguado asesinato en escena. Este punto de partida le sirve a Haynes para reescribir no solo la época del glam sino la vida del investigador, ya que el periodista escarba en su pasado como espectador de aquellos años de zapatos con plataformas y trajes espaciales. La visión de Haynes sobre ese mundo no necesita de la nostalgia ni de la gratuita glorificación.

Después de la utopía hippie, tal como lo muestra Velvet Goldmine, el glam festejó el reviente en la primera mitad de los 70 pero también destruyó su pose rebelde e individualista el día en que Bowie enterró a su personaje de Ziggy Stardust. En ese sentido, la película de Haynes introduce elementos biográficos reconocidos pero jamás propone una mirada revisionista. Cuando Stuart -el alter ego de Haynes- entrevista a la ex esposa de Slade, a Curt Wild (la otra deidad del glam) y al primer representante de la estrella, el film nos está diciendo que la historia oficial es la del periodista que en esos años concurría a los recitales de sus ídolos embadurnados de maquillaje y brillantina.

Pero Velvet Goldmine no solo recrea el universo artificial del glam sino que también reflexiona sobre los tiempos venideros que, según la óptica de Haynes, tienen poco para "mostrar". En el contrapunto visual entre los 70 y los 80, la película traza diferencias aterradoras. En una de las últimas escenas, el periodista encuentra a Curt Wild en un bar poblado de fans de Tommy Stone, el nuevo ídolo de la juventud, una especie de reencarnación de Brian Slade en otro personaje, a quien ahora se lo ve orgulloso con su pronunciado jopo y apoyando al presidente de turno que gobierna para el futuro de América. Este maravilloso momento de Velvet Goldmine, donde Stuart está a punto de cerrar su investigación sobre los restos del glam que tiene frente a sí (la actitud conservadora de Slade-Stone, la presencia fantasmal de Wild), adquiere en la mirada de Haynes una lectura ambigua y al mismo tiempo contundente.

El director conecta los 80 con la actualidad del rock, con la estética vendible desde la MTV y con la nula autenticidad que impone el rápido consumo. Wild charla con Stuart, recuerda los buenos tiempos y le señala al grupo de fans de Stone, mostrados con ropa de los años 50 y preocupados por conseguir una entrada para ver al ídolo del jopo amarillo. Pero en ningún instante de esta compleja escena Haynes elige una postura melancólica o anacrónica, como ocurre en tantos films sobre rock. El director muestra que aquella pose setentista que los seguidores disfrutaban en todos sus aspectos (musicales, carnales, narcisistas) fue creada y destruida por los propios fundadores y terminó siendo otro objeto de consumo de la sociedad que, además, aceptó el disfraz y el lápiz labial pero en un tono caricaturesco y poco creíble. Sin embargo, el realizador culmina su relato rescatando el espíritu del glam al comparar aquella época y a esos músicos con los que hoy llevan maquillaje y peinados de peluquería y que -dentro del rock- son los que venden más discos. Hace tiempo, nos dice Haynes, que el glam está presente en cualquier aspecto de la música y, por lo tanto, ya pertenece a una sociedad que acepta y descarta fórmulas y modas. Pero en los últimos veinte años la herencia es limitada ya que solo quedan su cáscara glamorosa y los elementos exteriores: el exceso sexual fue reprimido por el sida, el verdadero disfraz se transfirió a la miserable pose que encubre el engaño y la simulación, y el deseo de los fanáticos terminó en la firma de autógrafos, el previsible pogo y la histeria de las groupies que son elegidas para besar a su ídolo arriba del escenario. En las imágenes de Velvet Goldmine, Haynes expresa que el glam tuvo al menos la suficiente valentía -como lo había mostrado The Great Rock 'N' Roll Swindle con el punk- para desenmascararse a sí mismo. Por esa razón es que el periodista, como observador de la historia, será el que imprima la leyenda del glam: gozosa en los 70, superficial y patética en las décadas siguientes.

Tommy Kane. Ya desde el prólogo Velvet Goldmine expone sus ambiciones temáticas y formales. La apuesta de Haynes no admite vueltas: un adolescente Oscar Wilde confiesa su deseo de ser el primer artista pop y una nave espacial conecta elípticamente al Dublín de la segunda mitad del siglo XIX con el glam en pleno apogeo, más de cien años después. Además, el tiempo se prolongará hasta los 80 en Nueva York, en el marco de una ciudad vigilada y autoritaria donde Tommy Stone controla su peinado. En Velvet Goldmine confluyen la marca pop de los films de Richard Lester con The Beatles, los viajes lisérgicos de las mejores películas de Ken Russell, la estructura narrativa de El ciudadano de Orson Welles y el retrato de una Nueva York orwelliana, con una puesta en escena gélida que refleja una ciudad custodiada por la policía. Este cóctel de tendencias narrativas y estéticas tienen una

resolución ejemplar en Velvet Goldmine. Haynes recurre a distintas formas de representación que fueron descartadas apresuradamente por la cultura cinéfila, como los films de Russell y Lester, acaso los pioneros de la fragmentación que caracteriza al videoclip. Russell, por ejemplo, ya había mostrado su propia nave espacial en Lisztomanía, con Roger Daltrey destruyendo a un émulo de Hitler, y el representante de Slade es una imitación de Oliver Reed en Tommy. Pero la actitud de Haynes no se limita a la cita textual sino a una reformulación de aquel cine descontrolado que las atolondradas lecturas actuales califican de ingenuamente bizarro. Por eso Haynes elude el amaneramiento del cine de Russell para seleccionar solamente los materiales que le interesan, tales como su parafernalia visual y la intensidad de su paleta cromática. Y dado que Haynes es un director inteligente y no un autor de films (ver la excelente nota de Javier Porta Fouz, página 8), cuenta la historia de Slade como si fuera la de Charles Foster Kane, un personaje ambicioso y megalómano que seguirá siendo un enigma. ¿Ken Russell y Orson Welles como referentes? Esa sociedad estética aparentemente imposible se manifiesta, por ejemplo, cuando Slade canta a solas en un palacio barroco de color naranja -con la fragmentación clipera que Haynes jamás pretende disimular-, ya lejos de su público y a pocos minutos de morir en escena para volver a cambiar de identidad. El fantasma de "Rosebud" sobrevuela las imágenes de Velvet Goldmine pero más de una vez se da la mano con la delirante pirotecnia que caracterizaba a aquel salvador del mundo llamado Tommy, un ex ciego, sordo y mudo a quien todos adoraban en la película de Russell.

Los chicos solo querian divertirse. Recientemente se editaron los últimos discos de David Bowie e Iggy Pop, ya cincuentones y desde hace tiempo enamorados y románticos. Excelentes músicos los dos, se les puede aplicar perfectamente el axioma de que "las vivieron y las hicieron todas", al que siempre se recurre cuando se habla de los sobrevivientes que pasaron por uno o todos los excesos posibles. Velvet Goldmine no le hace ningún favor a la figura del "Vampiro Bowie" (porque siempre está al tanto de la renovación en la música) que rechazó la inclusión de sus temas. Por otra parte, desconozco la opinión de la "Iguana Pop" (por su cara arrugada) sobre esta compleja relectura de los años del glam. Tampoco me voy a enterar de lo que piensa Haynes acerca de los discos de ambos. Pero de algo estoy seguro: si desde hace tiempo la música no puede cambiar los horrores del mundo, una película como Velvet Goldmine mejora el cine de estos días.

Por Gustavo J.Castagna

Publicado en El Amante

 


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