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"Para mí el cine no es un vehículo para la expresión profunda o auténtica del alma del director, sino un acto de interpretación de las formas y lenguajes que conocemos", decía Todd Haynes en la entrevista que le hizo Quintín durante el Festival de Buenos Aires. Aplicar a su cine el clásico análisis autorista no solo está desaconsejado sino que, a la luz de sus tres largometrajes, puede resultar muy complicado. Su obra elude de manera nítida y elegante los intentos tradicionales de sistematización de rasgos temáticos y estilísticos. Quizá sea hora de liquidar definitivamente la idea de que solo los "autores" pueden generar obras importantes. Todd Haynes es un gran director de cine, y no por no tener una coherencia autoral ni a pesar de no tenerla. Se trata de talento, algo más difícil de encontrar que rasgos que se repiten de un film a otro. Haynes tiene claros principios frente a su rol como realizador gay. Según sus declaraciones, su trabajo consiste en crear imágenes positivas de la homosexualidad y en mostrar que los gays son positivos. Pero esto dista de ser muy simple por la manera en la que Haynes plantea lo gay en el cine. Una escena de sexo entre dos hombres no indica necesariamente que se esté en presencia de un film gay, lo que importa -para Haynes- es subvertir las estructuras narrativas tradicionales. Por eso interpreta que Alfred Hitchcock y Billy Wilder, sin ser gays, han realizado films que podrían verse como más gays que los de muchos realizadores homosexuales. Es en este sentido de jugar con nuevas estructuras narrativas, de desafío a las perspectivas establecidas, de expresión de lo nuevo, de lo minoritario, en el que Haynes entiende lo gay, y no como la existencia de una sensibilidad en esencia homosexual, en la que él no cree. Y si Haynes cita mucho a Oscar Wilde en sus respuestas y en Velvet Goldmine lo presenta como la primera estrella pop de la historia, adopta también sus ideas sobre la manera en la que debe proceder el artista. "La coherencia es la virtud de los imbéciles", como tantas de las famosas y seductoras frases de Wilde, es paradójica y extrema; sin embargo, no deja de ser productiva para aclarar lo que el irlandés decía a un auditorio de norteamericanos en 1862 (transcripto en El arte y el artesano): "No se les ha enseñado que todo material y tejido tienen sus cualidades propias. El dibujo adecuado para los unos es totalmente inadecuado para los otros, así como el dibujo que podríais realizar sobre una carpeta lisa debería ser totalmente distinto del dibujo que podríais realizar sobre un cortinado, porque el uno siempre será liso, y el otro, quebrado en pliegues". Sida hecho metáfora, exclusión, ensayo sobre la marginación: Poison, primer largometraje de Haynes, es un triple ejercicio de estilo con tres historias filmadas de maneras radicalmente distintas. Mediante un montaje de elaborada yuxtaposición, se abren múltiples lecturas y resignificaciones hasta terminar el film. Por un lado hay una historia de amor gay en una prisión ("Homo"), con reminiscencias de Pasolini y evidentes referencias a la iluminación y la escenografía de los "exteriores" de Querelle de Fassbinder. Otro relato es el de un médico que toma por error su remedio experimental y se convierte en un monstruo ("Horror"); con un aire de película clase B, se combinan el cómic, encuadres dignos de El ciudadano y toques de luz expresionista. Este grado de artificio contrasta con la tercera línea narrativa, en donde Haynes cuenta lo que el cine independiente norteamericano de los 90 tomaría como bandera: la vida de una familia suburbana disfuncional. "Hero" trata sobre un nene que huye de su casa luego de matar a su violento padre. El registro es de semidocumental televisivo, con contradictorias declaraciones a cámara de los amiguitos del nene, de su adúltera madre y del insano personal del colegio. Si el tono elegido para la historia de la prisión es de lirismo decadente y en el relato del médico hay una visión dura y sombría, la mirada sobre el suburbio es sumamente ácida. Haynes logra hacer funcionar las tres historias y en ocasiones consigue el prodigio de que la transición entre una y otra sea fluida, un logro mayor si se consideran los disímiles tratamientos y lo osado de la mezcla. Con Poison, Haynes afirma que maneja diversos temas y varias opciones de puesta en escena, y deja abiertas muchas posibilidades para su segunda película. Sin embargo, era difícil prever algo como Safe, una de las películas más importantes de los noventa y el gran ensayo fílmico sobre el malestar de la ciudad contemporánea. En el sentido más descriptivo y menos valorativo de la expresión, Safe es una película sin vida: carente de primeros planos, con movimientos de cámara muy lentos y austera hasta la incomodidad para presentar situaciones, espacios y personajes, aislados en tomas de gran angular. Sin marcas que hagan prestar mayor o menor atención y sin clausuras de sentido desde las cuales sentirse más seguro, el film es una tragedia mucho más indigerible por cuanto las emociones están enterradas y los mundos descriptos -el urbano, el suburbano y también el así llamado mundo ecológico, natural o New Age- son todos inertes y peligrosos. La extraña enfermedad (y aquí también es válida la lectura acerca del sida) de un ama de casa de un rico suburbio californiano es provocada ¿por los gases tóxicos de los autos y camiones de las autopistas?; ¿por la vacuidad de su marido y su grupo social?; ¿por la comida ultraprocesada y por su contrapartida de comer solo fruta?; ¿por la tecnología, los productos químicos, el encierro y la imposible adaptación a la dureza de la ciudad?; ¿por ella misma? Si Poison y Velvet Goldmine manejan diversas representaciones de la homo o la bisexualidad y del dandismo y la impostura a la Wilde, el tono apagado de Safe y su revulsividad expansiva hacen más oscuras sus filiaciones. Sin embargo, hay demasiadas coincidencias con las descripciones urbanas de Lewis Mumford -arquitecto humanista, filósofo, historiador y ensayista de la técnica, la ciudad y la máquina- como para pasarlas por alto. En los sesenta, en el capítulo "California y el horizonte humano" de su libro Perspectivas urbanas, Mumford hablaba de "la explosión suburbana (dándole a sub el significado de inferior)" y afirmaba que "las perspectivas humanas -tanto en California como en cualquier otro lugar 'civilizado'- no han de resultar promisorias mientras no se reconozca a tales condiciones como lo que son: no signos reales de progreso, sino síntomas de desequilibrio humano y desintegración social". Safe toma lo que Mumford denominaba, con ironía, "cercanías suburbanas ideales" y las disecciona, pero también opera de la misma manera sobre el centro de rehabilitación "natural" de Wrenwood; mostrado como la contracara del ambiente urbano, no es más que su puesta en espejo sin cambios reales, como el beso gay visto solo desde el contenido. En Wrenwood aparecen un enfermo de sida y una negra, y -quebrando con cualquier previsibilidad y corrección política- son a todas luces imbéciles que dicen y festejan peroratas del tipo "he dejado de leer los diarios porque son energía negativa y la energía positiva tiene que venir de mí". Haynes apunta también a la buena conciencia del falso progresismo actual que abandona la lucha institucional o, peor aun, que llena las instituciones de ideas estúpidas. Safe es la liberación del poder inteligente y reflexivo del cine, ofrecido al espectador a través de una mirada del realizador piadosa pero implacable, justa y siempre compasiva, nunca lastimera y jamás explícita. Ahora, con Velvet Goldmine, Haynes logró aplicar el glam como estética cinematográfica a su épica sobre el glam rock, su pintura sobre el artificio y la pose de la mentira: planos cortos, colorido, zoom setentista, movimientos alucinados de cámara. Desde una mirada opuesta a la de MTV, Haynes no pretende formar parte del mundo del rock y por eso descubre a sus personajes desde la distancia. Para esto, en un gesto muy ambicioso, toma la estructura narrativa de El ciudadano, una película dirigida por alguien con una indiscutible pose glam. En un futuro, quizás Haynes sorprenda a todos convirtiéndose en uno de esos autores que expresan su alma en el cine, o quizá continúe haciendo films muy distintos entre sí. Lo que realmente importa es que siga siendo talentoso. Por Javier Porta Fouz |
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Son las 06:53am.